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La Coctelera

PREDICCIONES.

 

PREDICCIONES.

 

Estaba durmiendo cuando de pronto todo

se sacudió y el oráculo de

los sueños me obligó a despertar,

y ante mi desplegó una terrible

predicción, de cómo todo volvería a

ser como antes, caos y desolación.

 

Como en una nube de ensueño

ante mi el porvenir se manifestó,

solo tinieblas en un futuro no

muy lejano, tal vez meses, tal

vez dos o tres años y

entonces el mundo quedaría oscuro, devastado.

 

Dolor y llanto, enfermedad y muerte,

la gran peste viajando en un

gigante de fuego que llega de

noche iluminando y quemando los techos.

Fría y húmeda asfixia luego del

sacudón y de paredes de agua.

 

Dragones esperando ser despertados para escupir

de sus estómagos el fuego, azufre

y metal que hierve y congela.

Grandes abismos se abrirán de los

que nadie podrá salir y el

negro humo nada verde dejará sobrevivir.

 

Rojo veneno humedecerá el seco paladar,

lo blanco del cielo se derramará

sobre la tierra hirviente y los

bloques de la tierra se derretirán

y al gigante azul alimentarán para

una gran y terrible avalancha final.

 

Mortandad y devastación, un trueno, un

rugido en el cielo del gran

león saltando sobre sus presas desprevenidas

por la indiferencia y la incredulidad,

todo volverá al caos, al desorden,

al tiempo anterior a la creación.

 

   M.N.T

LA RELIGIOSA.

 

LA RELIGIOSA.

 

Dos veces me engañó, una vez

me criticó y tres me injurió.

Nunca ante mí se disculpó ni

osó jamás a mí pedir perdón,

en su orgullo ella se cerró

y en mi el odio sembró.

 

En el templo la señora rezó

y ante su dios me condenó,

rezando tres aves maría, al cielo

pidió que pronto hallara yo mi

propia perdición, que no entrara al

cielo, quería verme en el cajón.

 

Varias veces en el coro cantó

y otras tantas la canastilla pasó.

Ocasión de adular al cura no

perdió, y tanto hablar de amor

y perdón, al club de beneficencia

la muy hipócrita pronto se unió.

 

Pero enseguida una buen hija el

señor perdió, pues la religiosa de

un día para otro al fin

desapareció, y de la ,pobre cristiana

tristemente ya nadie habló, pues el

querido diablo lejos se la llevó.

 

Con seis heridas el pecho se

le abrió, y la luna llena

en silencio fue testigo de lo

que esa noche en el bosque

ocurrió, de cómo la roja sangre

las piedras del altar lentamente manchó.

 

En la copa de plata su

corazón palpitaba, y mientras alguien en

la oscuridad algo raro rezaba  mirando

 a los ojos de la sacrificada,

desde lo profundo un humo se

levantaba para terminar con su alma.

 

 

 

 

 

 

 

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.

 

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.

 

Los noventa años y luego dormí,

caí por abismos insondables, por los

valles oscuros que conducían a la

morada del sueño eterno del hombre

vil, como reo fui conducido entre

huesos secos hacia el que serví

 

Solo sombras y muerte allí vi,

terror y llanto, podredumbre y miseria,

montones de vagabundos errantes ante la

puerta de oro y perlas ansiando

morir para callar sus conciencias o

detrás de ese gran pórtico vivir.

 

Me turbé, de allí quise huir

intenté desesperadamente despertar de aquella pesadilla,

desvanecer el trágico engaño que hasta

ese lugar me había llevado y

redimir todos mis turbulentos años para

solo al grande y verdadero servir.

 

Más de pronto una voz oí

diciendo mi nombre y la puerta

se abrió y los perdidos se

arrodillaron ante la luz que a

vivir en el paraíso me invitaba,

para entrar perdón no debí pedir.

 

Leche, miel y frutos exquisitos comí,

en aguas frescas me bañé y

mis pulmones se llenaron de aire

tibio, la suave y blanca tela

de mi túnica rozaba el nuevo

cuerpo que para mí le pedí.

 

Con jóvenes y voluptuosas doncellas dormí

a la sombra de los árboles

del paraíso, arrullado por el canto

de las aves y la majestuosa

voz de mi querubín, mientras afuera,

para los de Dios, el gemir.

 

 

 

CADABRA.

 

CADABRA.

 

El de moño rojo atrapó al

conejo, y con pases mágicos lo

esfumó dentro de su sombrero negro.

Abrió luego su boca ilusoria y

lo llenó todo de fuego y

al ¡ cadabra!, se elevó del suelo.

 

Absorto estaba yo ante aquel mágico

ensueño, mirando como un humo muy

lijero brotaba de su libro de

entretenimientos, al tiempo que de entre

sus hojas volaba un pájaro de plumaje

bello, anunciando su próximo gran estreno.

 

El de moño rojo de la

nada sacó un pañuelo y le

vendó los ojos  a un inocente

caballero, que riendo como un niño,

al grito de ¡ cadabra!, pobre hombre,

desapareció de pronto por un agujero.

 

Tomó luego su corta varita negra

y dibujó al instante extrañas figuras,

un tanto malévolas, y apareció un

chivo, un lobo y una culebra.

Más pronto todo se esfumó, todo

aquello parecía acción de magia negra.

 

El de moño rojo pidió a

una mujer su anillo de oro

y lo hizo luego aparecer en

un brillante cajón de velorio, al

grito de ¡ cadabra!, le hizo aparecer

en el cuello, enredado su moño.

 

Tenía en esto mi atención cuando

bajo mío todo se acudió, y

al grito de ¡ cadebra!, sin avisar,

la tierra se me abrió y

al pozo me mandó, el de

moño rojo su función así terminó. 

 

 

 

 

EL TÁRTARO.

 

EL TÁRTARO.

 

Tembló el suelo, y en el

centro se abrió un profundo hueco,

un espeso humo negro emanó desde

el lejano reino, y el divino

libro confirmó el antiguo secreto que

perdido estaba desde hacía mucho tiempo.

 

Densas tinieblas ver mis manos impidieron

y espeluznantes sonidos se mezclaban con

los gritos de las figuras que

pronto mis ojos vieron. Fantasmales espectros

a mi llamado acudieron, tal como

decía en aquel libro negro funesto.

 

Pronto estaba yo, cayendo por aquel

túnel en forma de cuerno, y

a mi lado otras tantas almas

desdichadas venían cayendo, para terminar luego

en unos cuencos llenos de lava

hirviendo, gritando y el perdón pidiendo.

 

Con una cama de gusanos los

mentirosos fueron castigados y con retorcidas

serpientes los fornicarios atravesados. Por un

tobogán de fuego los ladrones arrojados,

a las llamas al gran papa

Honorio seis bravos demonios rojos tiraron.

 

Calderos doblemente hirviendo para los hipócritas

del otro reino, lanzas ardiendo para

los que ofrenda vivían pidiendo, pinzas

para los curas que el culto

al sexo ocultaban mintiendo, barro hirviendo

para que se revolcara John Lennon.

 

Malditas palabras mágicas que las puertas

del tártaro me abrieron, a mí,

que osando traspasarlas, se me mostró

lo que otros ojos nunca vieron.

Maldito el libro, antiguo oráculo funesto,

permite al mortal, descender al infierno.

 

 

EL MAGIQUERO.

 

EL MAGIQUERO.

 

Las doce cantó el pájaro negro,

el de túnica prendió el fuego,

en la noche esperó en silencio,

y cuando el tambor sonó en

el cielo, las nubes se escondieron,

los árboles se inclinaron al suelo.

 

El rayo surcó el bosque viejo,

rojas chispas ardientes vio se desprendieron

y comenzaron a danzar en torno

al magiquero, que invocaba en lengua

muy extraña a un duende compañero,

que saliera del fuego, cumpliendo deseos.

 

Y cual se abrieran las puertas

del infierno, las llamas se removieron

y largas lenguas quemaron el suelo,

mientras el que cantaba en el

 cielo derramaba incienso sobre el magiquero,

que adoraba inclinado sobre el fuego.

 

Cinco pedidos se oyeron en medio

de aquel misterio, cuatro velas eran,

sellaron sus diabólicos deseos, y en

una vela blanca esfumó un trágico

secreto, entre las temibles carcajadas de

un duende salido de un agujero.

 

El magiquero se tiró al suelo,

excitado por las imágenes de sus

deseos, y mientras malévolos ojos miraban

desde el fuego, mágicas palabras de

su boca salieron, conmoviendo las puertas

del infierno, que escuchaba en silencio.

 

Las una cantó el pájaro negro,

el de túnica apagó el fuego,

en la noche despidió en silencio,

y cuando el tambor sonó y

las nubes se escondieron, junto con

los árboles se inclinó al suelo.

 

 

EL CUERPO DEL PACTO.

 

El cuerpo del pacto.

 

En la noche, fría como una roca,

hablé en la lengua de los ángeles

y clavé mis pupilas en tus pupilas

celestes, inyectadas en sangre.

 

Te toqué con la punta de mis dedos,

brillabas como una estrella recién

bajada del cielo, y el vapor de tu

aliento, quemaba como el fuego.

 

Tus largos dedos blancos se entrelazaron

con mis dedos, quise hablar pero

sellaste mis labios con un beso, y

encantado por tu luz, perdí al instante todo miedo.

 

La luna plateada se oculto entre los

nubarrones negros, y se oyó el crujir de

las ramas y el silbar del viento, mientras

mi ropa y tu traje de seda negro caían al suelo.

 

Y dentro de aquella estrella de fuego

que incitaba al deseo, selle frente al

negro altar, el pacto con mi cuerpo.

 

Y desde lo alto de un árbol, el chillido de

un pájaro negro del diabólico hechizo me

despertó, y tenía en mi mano la espada

que de la mano del demonio mi alma tomó.

 

Y la llovizna las llamas del

ritual apagó, y el líquido

desapareció, se vació la copa,

y mi secreción el pacto concretó.

 

Y la luna asomo de nuevo,

la noche quedo otra vez en silencio,

y mi rubio guapo se llevó el cuerpo

de mis deseos y voló otra vez a su reino.

 

Y mira a través de mis ojos,

y habla a través de mis labios,

y camina con mis pies,

y toca con mis manos.

 

Y me enseña hechizos y versos malévolos,

y me enseña su torso desnudo a través

de un espejo, y me dejo esta espada

que cumple mis deseos.

 

M.N.T