CADABRA.

 

El de moño rojo atrapó al

conejo, y con pases mágicos lo

esfumó dentro de su sombrero negro.

Abrió luego su boca ilusoria y

lo llenó todo de fuego y

al ¡ cadabra!, se elevó del suelo.

 

Absorto estaba yo ante aquel mágico

ensueño, mirando como un humo muy

lijero brotaba de su libro de

entretenimientos, al tiempo que de entre

sus hojas volaba un pájaro de plumaje

bello, anunciando su próximo gran estreno.

 

El de moño rojo de la

nada sacó un pañuelo y le

vendó los ojos  a un inocente

caballero, que riendo como un niño,

al grito de ¡ cadabra!, pobre hombre,

desapareció de pronto por un agujero.

 

Tomó luego su corta varita negra

y dibujó al instante extrañas figuras,

un tanto malévolas, y apareció un

chivo, un lobo y una culebra.

Más pronto todo se esfumó, todo

aquello parecía acción de magia negra.

 

El de moño rojo pidió a

una mujer su anillo de oro

y lo hizo luego aparecer en

un brillante cajón de velorio, al

grito de ¡ cadabra!, le hizo aparecer

en el cuello, enredado su moño.

 

Tenía en esto mi atención cuando

bajo mío todo se acudió, y

al grito de ¡ cadebra!, sin avisar,

la tierra se me abrió y

al pozo me mandó, el de

moño rojo su función así terminó.